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Las separaciones son una inmensa “ola” que arrasa con todo y rompe los pilares fundamentales desde donde se habían construido los hermosos proyectos de vida en común, arrastrando nefastas consecuencias para quienes están vinculados , para su entorno y por ende para la sociedad en general.Es muy duro porque  toca con fuerza la propia imagen de la persona, la cual se ve abocada a procesar en poco tiempo una situación sobrevenida que le afectará a ella y a sus hijos para el resto de la vida. Esta “muerte en vida” provoca trastornos físicos, cognitivos, conductuales y emocionales. Para  que se vislumbre algo de la  gravedad real del asunto, podemos consignar algunos: pérdida del apetito, falta de energía, llanto reiterativo, reiteración de pensamientos negativos, propensión a la depresión, sensación de fracaso, de vergüenza, culpabilidad, propensión al aislamiento, entre otros.  Pero lo que más se evidencia es  una profunda tristeza  casi imposible de consolar. Este proyecto de vida que ha saltado por los aires, suma un sinnúmero de pérdidas tremendamente duras de asumir. Algunas de las más significativas son: pérdida de la fe en Dios (“¿si Dios permitió esto es que Dios no existe?”), pérdida de la vocación al matrimonio, pérdida de la identidad, del sentido de la vida, de sentido del amor, pérdida de la maternidad compartida, de las amistades comunes, de recursos económicos, del lugar de residencia, por nombrar algunos. Es muy difícil “ser dejado” aunque los motivos esgrimidos por el otro (a) sean muy valederos. Se tiene que asumir algo que no estaba escrito en nuestro corazón ni en nuestra mente: “que ya no soy necesaria(o) para la felicidad de esta persona”.  Es tremendamente complicado asumir que “sobras” en su vida, que no te reconoce como la persona que amaba y que prefiere iniciar otro proyecto sin ti porque sus sentimientos han cambiado. Considerar en profundidad estas aseveraciones, analizarlas, escucharlas de gente que la ha vivido, es de una tremenda dureza y es una sombra muy alargada en la vida de quien pensó en una unión para toda la vida. Guardando las distancias entre duelo y duelo, es necesario puntualizar  un aspecto crucial  que conlleva  este  proceso: la persona tiende a aislarse. Siente mucha tristeza, vergüenza, rabia e indignación. Normalmente piensa que está sola y que nadie puede entender su dolor. A veces ni siquiera quiere salir a la calle: “estalla” en rabia o en  llanto, añadiéndose más dolor cuando va por  lugares donde antes iban  dos y ahora no es así,  donde la  memoria traiciona y “juega” con los  recuerdos haciendo más pesada la  carga emocional.               Proponemos un  acompañamiento grupal como un bálsamo para el alma, un respiro, un regalo que Dios hace manifestando su   presencia en quienes están viviendo el mismo proceso: “No estoy solo/a”. “Otras personas están viviendo  o han vivido lo mismo que yo y me comprenden”.  Las anteriores afirmaciones son un gran consuelo. De allí nuestra invitación a integrarte a nuestro grupo para compartir con otros que están viviendo o han vivido situaciones similares.