En una sociedad obsesionada con evitar el malestar y vender bienestar inmediato, el pensamiento de Erich Fromm vuelve a cobrar fuerza al recordar que los problemas no son un error vital, sino parte esencial de una vida auténtica
Erich Fromm pasó buena parte de su vida pensando contra corriente. En una época marcada por la fe ciega en el progreso material y la promesa de una felicidad sin sobresaltos, este filósofo y psicoanalista de origen alemán lanzó una idea tan incómoda como vigente: vivir bien no consiste en esquivar los problemas, sino en aprender a enfrentarlos sin perderse a uno mismo por el camino.
Nacido en 1900 en el seno de una familia judía, Fromm tuvo que abandonar Alemania con la llegada del nazismo y rehacer su vida intelectual en Estados Unidos. Allí desarrolló una obra singular que combinaba psicoanálisis, sociología y humanismo. No le interesaba solo el mundo interior de las personas, sino también las estructuras sociales que moldean deseos, miedos y expectativas. Para él, la salud mental no podía entenderse al margen del tipo de sociedad en la que se vive.
Desde ese enfoque crítico, Fromm observó con preocupación cómo el capitalismo de mediados del siglo XX empezaba a vender una idea de felicidad rápida, cómoda y sin aristas. El mensaje era claro: si consumes lo adecuado, si encajas en el molde correcto, los conflictos desaparecerán. El malestar, el miedo o la duda pasaban a interpretarse como fallos personales o anomalías que había que suprimir cuanto antes. Frente a esa lógica, Fromm alzó la voz.
En libros como El arte de amar o Tener o ser, defendió que el conflicto no es una patología, sino una señal de vida. Donde hay relaciones auténticas, hay tensiones; donde hay proyectos que importan, aparecen riesgos; donde existe crecimiento, también hay incertidumbre. Una existencia completamente libre de conflictos no sería una vida plena, sino una vida paralizada, anestesiada o vacía de compromiso.
La frase que resume esta visión —“la felicidad no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de lidiar con él”— encierra un giro clave. Fromm no equipara felicidad con placer constante ni con calma permanente. La concibe como una capacidad activa, algo que se cultiva. No es un estado que llega cuando todo encaja, sino una fortaleza interior que permite atravesar las dificultades sin renunciar a la propia integridad.
Desde esta perspectiva, la felicidad deja de ser un premio y se convierte en una práctica. Implica asumir el malestar cuando aparece, comprenderlo y responder a él de forma consciente. Requiere valentía para amar sabiendo que existe el riesgo de perder, y compromiso para actuar aun cuando el resultado no esté garantizado. Para Fromm, evitar sistemáticamente el dolor acaba empobreciendo la experiencia humana y cerrando la puerta a las alegrías más profundas.
Esta reflexión resuena con fuerza en el presente. No invita a glorificar el sufrimiento, pero sí a dejar de tratarlo como un enemigo absoluto. El conflicto, entendido como desafío, puede ser una oportunidad para desarrollar autonomía, sentido crítico y madurez emocional. Cuando la vida se organiza en torno al “tener” en lugar del “ser”, cualquier contratiempo se vive como una amenaza intolerable. Y aprender a lidiar con los conflictos supone, en cambio, fortalecer el “ser”: la capacidad de pensar, amar, decidir y asumir responsabilidades.
