Según las estadísticas, durante el año 2024 se produjeron más de 80.000 separaciones y divorcios en España. La frialdad de las cifras no refleja, el dolor que conllevan estas situaciones de duelo, especialmente en la persona que es “dejada” o “abandonada”, o la que , después de un proceso doloroso, ha tenido que tomar la determinación de dejar la relación, en algunos casos por pura sobrevivencia.
Esta inmensa “ola” que arrasa con todo y rompe los pilares fundamentales desde donde se habían construido los hermosos proyectos de vida en común, tiene consecuencias nefastas en las personas y por ende en la sociedad, considerando que toca con fuerza la propia imagen de la persona, la cual se ve abocada a procesar en poco tiempo una situación sobrevenida que le afectará a ella y a sus hijos para el resto de la vida. Esta “muerte en vida” provoca trastornos físicos, cognitivos, conductuales y emocionales. Para que se vislumbre algo de la gravedad real del asunto, podemos consignar algunos: pérdida del apetito, falta de energía, llanto reiterativo, reiteración de pensamientos negativos, propensión a la depresión, sensación de fracaso, de vergüenza, culpabilidad, propensión al aislamiento, entre otros. Pero lo que más se evidencia es una profunda tristeza casi imposible de consolar. Este proyecto de vida que ha saltado por los aires, suma un sinnúmero de pérdidas tremendamente duras de asumir. Algunas de las más significativas son: pérdida de la fe en Dios (“¿si Dios permitió esto es que Dios no existe?”), pérdida de la vocación al matrimonio, pérdida de la identidad, del sentido de la vida, de sentido del amor, pérdida de la maternidad compartida, de las amistades comunes, de recursos económicos, del lugar de residencia, por nombrar algunos. Es muy difícil “ser dejado” aunque los motivos esgrimidos por el otro (a) sean muy valederos. Se tiene que asumir algo que no estaba escrito en nuestro corazón ni en nuestra mente: “que ya no soy necesaria(o) para la felicidad de esta persona”. Es tremendamente complicado asumir que “sobras” en su vida, que no te reconoce como la persona que amaba y que prefiere iniciar otro proyecto sin ti porque sus sentimientos han cambiado. Considerar en profundidad estas aseveraciones, analizarlas, escucharlas de gente que la ha vivido, es de una tremenda dureza y es una sombra muy alargada en la vida de quien pensó en una unión para toda la vida.
Hay que dejar en claro que no existe un divorcio igual a otro y esto dependerá de cada circunstancia y de cada etapa. En algunos casos habrán hijos, otras no, algunas tendrán una “respiro” al saber que su pareja abandona el proyecto y otras tendrán que sufrir un “mar de lamentaciones” que requerirán, en algunos casos, de un prolongado apoyo sicológico.
El proceso del duelo es durísimo y largo. Así lo hemos constatado en nuestros propios procesos de duelo. Es similar a la pérdida de un ser querido, pero lo que lo hace más devastador es que la persona que ya no está en casa no se ha muerto, está viva, y aparentemente feliz sin ti. Junto a la imagen que se perfila para esta nueva etapa, se producen ambigüedades que dificultan el proceso, dado que quien se ha ido aún está en la mente de quienes se quedan y esto se refuerza con la coparentalidad, considerando que van a hacerse cargo de los niños durante periodos consensuados por la pareja.
Restaurar las vidas de las personas que han sido “dejadas” en la relación, o que han tenido que “dejarla” por diversas circunstancias adversas, es tarea de toda la sociedad en su conjunto porque, aunque este proceso es casi invisible, afecta a un sinnúmero de personas que se encuentran día a día conduciendo vehículos, operando pacientes, atendiendo a personas minusválidas y en otras diversas labores que requieren mucha concentración. Sin embargo, lamentablemente, no existe una comprensión total de esta realidad. Dentro de los síntomas de una persona en proceso de duelo, especialmente en los estadios iniciales, se evidencia falta de concentración, distracción, falta de energía, tendencia a la depresión, al llanto, angustia, etc. Entender estas situaciones puede ser complicado para quienes no las han vivido. Se piensa que la persona exagera, que no quiere ir a trabajar, que dramatiza para llamar la atención. Son muchas las incomprensiones. Se asocia incluso a las emociones románticas que nos entregan las películas: se va el amado/a y él/ella queda desolado/a. ¡ya pasará!
Otro aspecto es considerar el parecer de la sociedad y de los grupos de referencia que rodean a la persona. Se tiende a juzgar en forma superficial estas situaciones considerándolo incluso, valga la paradoja, que decir soy “ex de fulanito o sutanita” es como colgarse una medalla. Lo vemos en el mundo de la televisión y del cine. Un “aquí no ha pasado nada”, “estoy bien”, “he iniciado una nueva vida con….”
Por otro lado se escucha: “un clavo saca otro clavo”, “el tiempo lo cura todo”, “ésa… algo habrá hecho…” Son algunas de las frases simplonas que escuchamos cuando alguien se ha divorciado.
Otra cosa es la familia: la vergüenza y el sentido de culpa están muy presentes a la hora de enfrentarla. Allí, donde pensabas que podrían comprenderte, muchas veces no es así, y la persona se enfrentan a interrogatorios exhaustivos sólo con la finalidad de buscar culpable que, las más de las veces, ya están previamente señalados.
Este alejamiento de la realidad sensible para explicar un problema tan complejo también lo vemos dentro de nuestra Iglesia. Algunos testimonios verbales que he tenido que escuchar a lo largo de estos años, son para un análisis bastante exhaustivo.
Cuando nos casamos, lo hacemos para toda la vida y son testigos la comunidad eclesial que nos conoce, con la cual hemos compartido y crecido en la fe. Pero el tiempo desvela la cara real de la persona que tenemos a nuestro lado. Cada caso es un mundo, pero hay que decir que algunos testimonios son espeluznantes: casos de indiferencias, egocentrismos, falta de madurez para enfrentar las responsabilidades de estado matrimonial, falta de atención, desamor, doble vida, palabras hirientes y reiterativas, golpes, chantajes a través de los hijos, estafas, vaciado de cuentas bancarias y hasta torturas sistemáticas para hundir y “matar” sicológicamente a la persona. Situaciones que poco a poco va convirtiendo este sacramento en un peso imposible de llevar y, más duro se hace cuando pasan los años y la persona siente que debe cumplir con las expectativas que le han generado desde su infancia o adolescencia. Este “cumplir” es una bomba de relojería que al final estalla y la persona, las más de las veces, por sobrevivir, termina la relación por la que empeñó tantos años de lucha.
Estamos hablando de persona muy “tocada”, desconsolada, desorientada emocionalmente, que va en busca de consuelo en su Iglesia y se encuentra con la desagradable sorpresa que, allí donde le hablaron de amor y misericordia, encuentra juicio y moralismos: “debiste aguantar más”, “no olvides que el matrimonio es para toda la vida”, “ya no puedes volver a casarte o a tener pareja, es pecado”. Hay casos en que ya no le invitan al grupo de amigos de la parroquia o le quitan el saludo. Es decir, a las incomprensiones familiares se agregan las de tu propia comunidad eclesial que pone la moral sobre la misericordia. Lo que Francisco llama: “corazones cerrados” (Amoris Laetitia. Nº 305)
¿Cómo entender la falta de empatía que muestran algunas personas? ¿Cómo hacerlo para que nuestros hermanos en la fe puedan “ponerse en los zapatos de otro” Pienso que hay mucho desconocimiento sobre los procesos que se evidencian en un duelo emocional. Creo que se requiere una sensibilización desde la Iglesia como institución, que considere estas realidades con la correspondiente difusión a través de canales oficiales a fin de darle acogida en el corazón de los creyentes (así como se hace con Caritas o con la Iglesia Necesitada), haciendo notar el pesado lastre que cargan aquellos que han tenido que romper su matrimonio. Lamentablemente, se suma a esto, que no existen en forma oficial pastorales que den apoyo y acompañamiento a las personas en medio de esta debacle. Sí que existen programas de acompañamiento que nacen a la luz de la necesidad de ayudar a quien se ve en esta tesitura. Tal vez deberíamos plantearnos que, si Dios quiere nuestra felicidad y plenitud en cada etapa de nuestra vida (“recapitular todas las cosa en Cristo”) , aumentando nuestro desarrollo personal y espiritual, entonces estos procesos de duelo no deberían “seguir volando” por debajo de la señal del radar de la misericordia que tiene nuestra Iglesia. No debería quedar fuera del sentimiento de quienes propician en cada diócesis y en cada parroquia dichos desarrollos a objeto que nuestros hermanos dolientes tengan la vivencia de la acogida, de la misericordia y del encuentro con un Dios que les regala su plenitud a manos llenas.
Cuando el hermano, después de un proceso de acompañamiento, llega a la “aceptación” y le encontró un sentido a lo sucedido, es altamente probable que haya obtenido un nivel alto de maduración, de encuentro con Cristo en el sufrimiento, generando una mayor capacidad de entrega, en algunos casos, volviéndose a integrar activamente en sus parroquias con una perspectiva diferente en madurez personal , interpretando su historia vital a la luz de la fe ,en mayor crecimiento espiritual , en conocimiento de sí mismos y , especialmente, en la experiencia del poder inmenso que tiene el Espíritu Santo en sus vidas y en la vida de la Iglesia , siendo un fuerte testimonio que, del dolor más profundo, del túnel más oscuro, de la “muerte en vida” , el Señor ha sido capaz transformarlo todo en bien de los que ama. “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio”. Epístola a los Romanos. 8: 28.
De esta inclusión y aporte a la vida parroquial nos habla el Papa Francisco (D.E.P) en la “Exhortación Apostólica Postsinodal”: “Amoris Laetitia” (2016. “Sobre el amor en la familia”
Él entró en el tema de los divorciados, separados, anulados y divorciados en nueva unión. Esto está el octavo capítulo “ACOMPAÑAR, DISCERNIR E INTEGRAR LA FRAGILIDAD”. Francisco nos dice en relación a la actitud de la comunidad eclesial:
“Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita”. Entonces, “hay que EVITAR LOS JUICIOS” que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones y hay que estar atentos al modo en que las persona viven y sufren a causa de su condición” (Amoris Laetitia Nº196).
En relación a la ley versus misericordia, NORMAS DEL DISCERNIMIENTO Nº304 nos dice: “Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano. Ruego encarecidamente que recordemos siempre algo que enseña santo Tomás de Aquino , y que aprendamos a incorporarlo en el discernimiento pastoral: “Aunque en los principios generales haya necesidad , cuanto más se afrontan las cosas particulares, tanta más indeterminación hay(…) ….Cuanto más se desciende a lo particular, tanto más aumenta la indeterminación”
“Por ello, un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones “irregulares” como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas”. del Nº 305
Desde las perspectivas antes señaladas en relación al sufrimiento y soledad de nuestros hermanos en proceso de ruptura y duelo.
De la respuesta a veces poco misericordiosa desde algunos hermanos nuestros y de lo que significa el cambio de paradigma que nos plantea Francisco, queremos entregar a las parroquias este Programa de Acompañamiento para que sirva de ayuda a las tan delicadas labores de nuestros presbíteros con aquellas ovejas más sufridas.

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